Son las cuatro de la mañana y la inmensa oscuridad lo cubre todo como un lúgubre manto de incertidumbre. La luz de la luna menguante lucha por territorio filtrándose por la ventana y se derrama tan sutilmente que sólo provoca siluetas confusas.
Un ruido me despierta de mi profundo sueño. Abro los ojos en mi habitación y los muebles yacen como monolitos vigilantes. Un murmullo, un suspiro, un sollozo, y el viento en la calle atravesando los contados árboles roídos por el otoño.